I. LA CONTRADICCIÓN

Vivimos en un mundo desconcertante. Cuando el pasado 7 de enero dos enmascarados armados con sendos Kaláshnikov masacraron a la redacción del semanario Charlie Hebdo al grito de “Al-lahu-àkbar”, la primera reacción de cierto sector de la izquierda fue culpar a Occidente por lo ocurrido.

El actor Willy Toledo tuiteó inmediatamente “El Pentágono y la OTAN bombardean y destruyen países enteros, asesinan a millones cada día. ¿De verdad esperamos q no hagan nada?” Lejos de matizar su comentario ante la subsiguiente avalancha de críticas, Toledo decidió ir más lejos aún, atribuyendo los atentados a una conspiración de los Estados Unidos para invadir Rusia, Siria o Irán.  Nos equivocaremos si atribuimos estas opiniones a simples delirios de una persona. Basta echar un vistazo en foros de Internet o curiosear un rato por las redes sociales para percatarnos de que es una tesis muy extendida entre la izquierda anticapitalista.

De acuerdo, es injusto colgarle ese sambenito a todo un sector político. Se trata sólo de un grupo con tendencias conspiranoicas y que hace mucho ruido. Pero su reacción a  un atentado con evidentes motivaciones religiosas es sintomático de algo bastante extendido en la izquierda más radicalizada y militante: su paradójica alianza con el fundamentalismo islámico. ¿Cómo ha podido ocurrir algo tan absurdo? El siempre controvertido, discutible y discutido Michel Houellebecq decía con su habitual acidez hace unos días que:

“Mire, la Ilustración ha muerto, que descanse en paz. ¿Un ejemplo llamativo? La candidata de izquierdas en la papeleta de Olivier Besancenot, que llevaba velo, ahí tiene usted una contradicción. Pero solo los musulmanes están en realidad en una situación esquizofrénica. Al nivel de lo que normalmente llamamos valores, los musulmanes tienen más en común con la extrema derecha que con la izquierda. Hay una oposición más fundamental entre un musulmán y un ateo que entre un musulmán y un católico. Eso a mí me parece obvio.”

Al margen de que en muchos temas se pueda discrepar del escritor, esto a mí también me parece obvio. Houellebecq pone el dedo en la llaga: el auge del pensamiento religioso está devorando el legado de la Ilustración. Y la Ilustración europea ha tenido dos hijos políticos. Dos hermanos que llevan enfrentándose desde hace dos siglos: el liberalismo y el socialismo. Ambos parten del principio de que la vida social y política puede organizarse racionalmente, si bien desde presupuestos radicalmente opuestos entre sí. Y la formulación antiliberal más acabada y racional es precisamente el socialismo científico de Marx. El marxismo es pues hijo de la Ilustración, y aspira a la realización del hombre por medios inteligibles y materiales, en oposición al núcleo espiritual e irracional de todas las religiones.

Pues bien, precisamente ese sector de la izquierda suele tener tendencias marcadamente marxistas. Willy Toledo ha criticado duramente a PODEMOS precisamente por su indefinición política y su extrañamiento de la ortodoxia marxista. En ese extremo del espectro político, los más enterados suelen explicar las relaciones internacionales desde una óptica dependentista o desde el enfoque sistema-mundo de Immanuel Wallerstein, que son (brillantes) elaboraciones teóricas de corte neo-marxista. Por eso es tan desconcertante que al mismo tiempo muestren una actitud tan condescendiente con organizaciones penetradas de una profunda religiosidad. Una religiosidad radicalmente incompatible con su propia filosofía. Pero sigamos con otro ejemplo. Hace un tiempo me llamaron la atención estas pegatinas en la Universidad Autónoma de Madrid de la Asociación de Estudiantes Malayerba. Basta echarle un vistazo a su web para constatar de que en líneas generales tienen un posicionamiento político encuadrado en la izquierda anticapitalista.

Por sorprendente que parezca, se hace una apología simultánea del cuerpo y la libertad de la mujer, del niqab islámico y del aborto. Casi no hace falta recordar que el simple hecho de llevar ropas consideradas indecentes o el aborto son delitos penados por la ley islámica. Pero aún hay más. En la web nos encontraremos también con que uno de los tags  más repetidos de sus post es anticlericalismo y que incluso (con mucha razón en mi opinión) han organizado concentraciones en contra de la política sexual represiva de la Iglesia Católica. De hecho, podemos leer a propósito de una protesta en la capilla de Somosaguas lo siguiente:

“¡Basta ya! ¡Basta de machismo, de sexismo y de homofobia! ¡Basta ya de
controlar nuestros cuerpos! ¡Basta ya de instituciones protegidas por el estado que perpetúan el sistema patriarcal! El entramado de la acción consistía en ir en procesión hasta la capilla de Somosaguas simbolizando el papel sumiso que se le otorga a la mujer
desde la iglesia, que atraviesa nuestra cultura occidental.”

Para ser justos, hay que decir también que  puntualizan que “El hecho de entrar en una capilla se debe a que nuestra tradición es judeocristiana y no musulmana (…) para no apropiarnos de realidades que son ajenas a nuestra experiencia”. No obstante,  hemos visto que no dudan en apropiarse del velo islámico como elemento de reivindicación y provocación frente a Occidente. Un velo que es el símbolo máximo del disciplinamiento y del encuadramiento religioso de la mujer en la sociedad islámica.

Quiero decirlo alto y claro: no pretendo ni por asomo recurrir al argumento de “con el Islam no os atrevéis”  que tanto les gusta emplear a los católicos más ultramontanos. No. De ninguna manera. En absoluto. Sólo estoy tratando de ejemplificar esa contradicción inherente a la izquierda marxista más radical. El marxismo es una construcción racional que aspira a la liberación universal del hombre, pero los marxistas actuales tienden a  defender las tradiciones más reaccionarias fuera de Occidente con el argumento de que su crítica es “imperialismo cultural”. Este es el posicionamiento de la conocida web rebelión.org, donde también se nos cita el ejemplo de la candidata de la Izquierda Anticapitalista francesa Ilham Moussäid, la misma que mencionaba Houellebecq. Una mujer trotskista y feminista que viste el velo con convicción. Lo que no mencionan es que si Moussaïd puede elegir libremente llevar velo es porque es ciudadana francesa, y que ese derecho no lo disfrutan las mujeres gracias al Islam. “¿Por qué no se les pregunta a ellas?” preguntan los anticapitalistas. Y con esto parecen olvidar que hasta los años 70 muchas mujeres católicas vivieron, trabajaron y estudiaron sin sentirse oprimidas en España, a pesar de que no podían sacarse un pasaporte, trabajar o abrir una cuenta en el banco sin permiso de su marido. Ese era el velo invisible que muchas mujeres católicas llevaban en nuestro país con inmensa alegría. No siempre el oprimido se reconoce a sí mismo como tal, como bien supieron ver Malcolm X y Frantz Fanon (referentes de la izquierda) a propósito de los negros.

Esta realidad, que la izquierda anticapitalista ha sabido ver con tanta agudeza y perspicacia en la sociedad, política, cultura, historia o colonialismo occidental, se les escapa de forma incomprensible a la hora de criticar exactamente las mismas estructuras de dominación en otras culturas. Se olvidan de que cuando un musulmán dice que el velo significa respeto hacia la mujer, lo que realmente están haciendo es definir qué es una mujer respetable. ¿Por qué hemos llegado a esta inmensa contradicción?

 

II. EL VIAJE. LAS IDEAS Y LOS HECHOS

Es bastante complicado trazar una línea que explique el desarrollo de las posiciones de la izquierda europea respecto al tema de la dominación cultural y el colonialismo. Sin pretensión de exhaustividad, voy a ofrecer una interpretación de cuál ha sido su trayectoria. En primer lugar hablaré de las ideas, y en segundo lugar de los hechos en los que estas ideas se han perfilado.

En sus orígenes, la izquierda europea no se preocupa demasiado por la cuestión cultural y colonial. Como bien apuntó Karl Polanyi (1944), la izquierda nace en el XIX por las tensiones socioeconómicas derivadas de la dislocación de los antiguos lazos comunitarios por parte del nuevo mercado capitalista y cristaliza en unas experiencias de clase compartidas por los obreros (E.P. Thompson, 1963). Esa fue la cuna de las trade unions, el movimiento cartista y las cooperativas de Robert Owen, del Manifiesto Comunista de 1848 y del partido socialdemócrata de Alemania, de la Comuna de París, de los falansterios de Fourier, del mutualismo proudhoniano, de los sindicatos franceses y de los dos primeros intentos de unificar a los obreros de toda Europa en una Internacional (1864 y 1889). La primera formalización de una teoría propiamente dicha sobre el colonialismo europeo no la acometieron Hobson y Lenin hasta principios del siglo XX. Sus aportaciones fueron estrictamente económicas: los capitales buscarían siempre reproducir el ciclo de acumulación en los más rentables mercados coloniales, sometidos así a las necesidades de la metrópoli.

La concusión de dicho planteamiento es evidente: el imperialismo es un producto automático del capitalismo maduro. Y esta fue la tradición teórica desarrollada por el marxismo. Por ello, Trotsky predecía en 1924 que los Estados Unidos iba a ser un gran estado imperialista. Y cuando los imperios coloniales desaparecen, autores como Harry Magdoff llaman la atención sobre la política neocolonial de los americanos, destinada a proteger las inversiones de capital en países subdesarrollados (Kenneth N. Waltz, 1979). La  llamada teoría de la dependencia desarrollada por la CEPAL y el economista argentino Raúl Prebisch sería luego la punta de lanza de la teoría económica neocolonial hasta los años 70.

Pero lo que más nos interesa aquí es que paralelamente al desarrollo de su aspecto materialista y económico  fue elaborada una vertiente cultural de esta teoría. Su exponente más brillante es sin duda Immanuel Wallerstein (1979, 2006) que llamó la atención sobre la necesidad de Occidente de extender su espacio geocultural de forma paralela a la dominación económica. Lo que plantea es que la evangelización, la idea de progreso y la tecnología o el método científico han sido empleados como herramientas por los europeos para someter al resto del planeta. A esto se sumaron las aportaciones de Anouar Abdel-Malek (1963) y, sobre todo, Edward Said (1978) acerca del concepto de Orientalismo. Según estos autores, el Oriente islámico habría visto suplantada su propia identidad por la construcción estereotipada hecha por Occidente.  En la actualidad, autores como Walter Mignolo o el grupo intelectual latinoamericano modernidad/colonialidad son los más activos críticos del ideario europeísta. Según ellos no hay una oposición entre la modernidad europea y el atraso del resto del mundo, sino que el supuesto atraso del resto del mundo es la consecuencia misma del proceso de modernización de Europa.

En realidad seguían la línea ya abierta por Frantz Fanon, un psiquiatra y filósofo nacido en la Martinica francesa. En Piel negra, máscaras blancas (1952) argumentó que el origen de la explotación colonial estaba en la aceptación inconsciente por parte de los negros de los conceptos impuestos por los blancos. Los propios negros eran racistas porque habían aprendido a ser racistas de los blancos. En este sentido también se expresó Malcolm X en los años 60. Mientras que Martin Luther King abogaba por una estrategia de negociación con los poderes establecidos y de poner la otra mejilla, Malcolm X (que además era musulmán y de ideología abiertamente revolucionaria) argumentaba que eso era aceptar intrínsecamente las reglas de dominación impuestas por los blancos, a los que no había que pedir permiso para reclamar derecho alguno. Su discurso The ballot or the bullet (1964) es muy ilustrativo en este aspecto.

Hasta aquí hemos explicado las ideas. Pasemos ahora a los hechos. Entre la década de 1950 y 1970 la principal contradicción de la izquierda europea no era cultural, sino el modelo socioeconómico. Hasta mediados de los 60 el esquema de desarrollo soviético parecía una alternativa creíble, y el llamado socialismo real del bloque oriental era una referencia a tener en cuenta. No estoy diciendo que los partidos de izquierdas quisieran instaurar una dictadura comunista a las órdenes de Moscú. En absoluto. La mayoría de líderes de la izquierda denunciaron la falta de libertad y la opresión soviética al tiempo que insistían en que el liberalismo económico no era la única alternativa. La contradicción de la izquierda occidental era evidente: abogar por un ideal socialista dentro de una sociedad capitalista liberal.

Hubo dos grandes intentos de salvar esta contradicción. Por una parte  la llamada teoría de la convergencia, que consideraba que los sistemas socialista y capitalista irían acercándose paulatinamente, integrándose de forma natural. Por otra, el eurocomunismo de Enrico Berlinguer, que abogaba por la sustitución del capitalismo por medios electorales y sin someterse a la ortodoxia política o los dictados soviéticos.  Socialistas de corazón como Salvador Allende y pragmáticos centristas como Harold Wilson (premier laborista en 1964-70 y 1974-76) visitaban Moscú por igual para demostrar su equidistancia, su voluntad de mantener la paz mundial durante la Guerra Fría y su apertura de mente hacia alternativas económicas.

Los líderes socialdemócratas alemanes y los laboristas británicos (los principales  partidos de izquierda que gobernaron durante este periodo) tuvieron que jugar un papel ambiguo: al tiempo que se integraron decididamente en la OTAN, se negaban también a suscribir las tesis más radicales de los estadounidenses sobre la necesidad de contener el comunismo y a colaborar con la demonización que los conservadores hacían del peligro rojo. La controversia que entre 1969-72 suscitó la Östpolitik del canciller socialdemócrata Brandt es buen ejemplo de ello.

La izquierda europea quedó así con un pie en cada orilla. No obstante, a medida que progresaba la Guerra Fría ambos bloques fueron quedando profundamente desacreditados. Los socialistas tuvieron que encajar los golpes de la denuncia del estalinismo por Jruschov en el XX congreso del PCUS de 1956 y la invasión de Hungría, la Primavera de Praga de 1968 o la escandalosa ruptura entre la URSS y la China maoísta. Por su parte, la autoridad moral de los Estados Unidos quedó gravemente socavada por la Guerra de Vietnam o su apoyo a las brutales dictaduras latinoamericanas desde los años 60, además de su tolerancia hacia el régimen franquista o sátrapas como el Shah de Irán. Todo ello en nombre de la contención del comunismo. En contraposición a esta dinámica bipolar, los países surgidos del proceso de descolonización se organizaron a partir de 1955 en el llamado Movimiento de los Países no Alineados (MPNA).

noalineats

Aunque los no alineados se declararon contrarios a cualquier clase de imperialismo y comprometidos con la independencia y desarrollo de los países del Tercer Mundo, es no obstante innegable que en su organización tuvo al principio muchísimo más tirón la orientación marxista. No en vano, sus primeros líderes fueron el mariscal Tito (líder de la socialista Yugoslavia), el indio Nehru (del izquierdista partido del Congreso), el indonesio Sukarno y el egipcio Nasser, que se acercarían al bloque socialista y cerrarían alianzas estratégicas con la URSS. En los años 70, Fidel Castro llegaría a tener un papel destacado en la organización.

En consecuencia, la interpretación que hemos mencionado del imperialismo como una fase económica del capitalismo y de dominación cultural occidental encajaba mucho mejor en los posicionamientos y pretensiones de los no alineados, a quienes al fin y al cabo habían sometido los occidentales, no los rusos. A su vez, los no alineados  también se convirtieron en una opción mucho más cómoda para la izquierda anticapitalista que el tener que optar directamente por un bloque soviético con innegables problemas de credibilidad. Y en el seno de este movimiento, el anticolonialismo económico y cultural se conjugó además con un tercer elemento: el panarabismo y el socialismo árabe encarnado por el Partido de la Unión Árabe Socialista de Nasser y el Baaz (partido del renacimiento árabe socialista, fundado en 1947) que tomó el poder en 1963 en Siria e Irak. También Gadafi tuvo pretensiones socialistas y panárabes. Este movimiento, galvanizado por la fundación del estado de Israel, propugnaba la unión del mundo árabe como forma de restaurar su independencia frente a Occidente. De hecho, el objetivo de impedir la creación de un estado judío era uno de los explícitos objetivos de la Liga Árabe, fundada en 1945. La humillación que suponía la sustitución del territorio histórico palestino por Israel  llevó luego cuatro veces a los árabes a la guerra: en 1948, 1956, 1967 y 1973. Israel era por su parte sostenido militarmente por Estados Unidos. Por lo tanto, al rechazo generalizado hacia la dominación económica y cultural de Occidente se sumó, en el corazón del arabismo, el rencor por su apoyo a los israelíes. En el seno del MPNA esto confluía además con el anticapitalismo antiamericano y se justificaba mediante la denuncia de las innegables acciones encubiertas e inmorales de los Estados Unidos.

Cuando el bloque socialista se hunde en 1989 la dialéctica bipolar llega a su fin, y con ella desaparece la crítica al imperialismo soviético. No obstante, en el  resultante mundo unipolar, la crítica al neocolonialismo occidental y a la dominación estadounidense sigue muy viva. Para la izquierda mainstream la incómoda contradicción económica que hemos mencionado ha desaparecido casi por completo. Liquidada la alternativa ya sólo queda un camino: el capitalismo liberal, aunque atemperado con algunos elementos del estado de bienestar. Son los años de la tercera vía socialdemócrata. Al mismo tiempo, esta izquierda moderada hereda una actitud de comprensión y tolerancia que es una reminiscencia de todos esos años en que su papel era tender un puente de diálogo entre el mundo comunista y el mundo capitalista. Como ahora ya no había un mundo socialista con el que entenderse, la vocación de diálogo de la socialdemocracia se dirigió hacia otras culturas, especialmente por los crecientes problemas relacionados con la inmigración. Por tanto, las tesis del eurocomunismo y la convergencia fueron sustituidas por otro discurso: el multiculturalismo. En este sentido, las ideas de Stuart Hall fueron muy influyentes en el laborismo británico de los 80 y 90. En cambio, la herencia de la izquierda anticapitalista fue mucho más difícil de gestionar. Si durante la Guerra Fría eran los socialdemócratas los que se encontraban con un pie en cada mundo, a partir de los años 90 son los anticapitalistas quienes han de hacer frente a una contradicción de tipo cultural.

Argelia, Siria y Egipto son ejemplos paradigmáticos de cómo llega la izquierda a esa contradicción. Tras la independencia, en Argelia se hizo con el poder el FLN (frente de liberación nacional), que se había enfrentado a la organización pro-francesa y ultraderechista OAS. El FLN es un partido laicista e izquierdista que acabó constituyéndose en partido único. Cuando a principios de los años 90 los islamistas ganaron las elecciones en Argelia, el FLN impidió su acceso al poder mediante un golpe de estado. La misma historia la encontramos repetida a partir de 2010 en Egipto y en Siria. Los partidos que lideraron las independencias y el movimiento panárabe acabaron cristalizando en regímenes militarizados y autoritarios. Cuando la Unión Soviética pierde su empuje en los años 70, acabaron siendo apoyados por Estados Unidos para mantener la estabilidad en una región de interés estratégico y para contener una nueva amenaza: el islamismo, que desde la revolución iraní de 1979 cobra una fuerza insospechada.  Se produce por tanto una fatal mutación dentro del mundo árabe: el islamismo se convierte en un movimiento de resistencia social frente a partidos laicos que monopolizan el poder con la connivencia de Occidente. Anwar el Sadat, el sucesor de Nasser en Egipto, fue incluso brutalmente asesinado en 1981 por islamistas, después de romper con los soviéticos y firmar los acuerdos de Camp David con el beneplácito de EEUU. Mubarak tratará durante treinta años de mantener luego a los Hermanos Musulmanes a raya. Esta marejada se ha sentido incluso en Palestina: Al Fatah, el partido de Arafat que  desde posiciones seculares había defendido la independencia, fue sustituido como primera fuerza por los islamistas de Hamás. Vamos a ver cómo esta transformación en el mundo árabe afecta a los anticapitalistas.

De nacionalismo socialista a movimiento islámico.

A la izquierda, logos del Frente Islámico de Salvación argelino y Hamás. Nótese la presencia del libro y la Shahada islámica, respectivamente. A la derecha, logos del Frente de Liberación Nacional argelino y Al-Fatah.

Ya hemos llegado al final de este largo viaje y podemos formular las conclusiones. Con el fin de la Guerra Fría, el tablero en el que se jugaba la partida entre capitalismo y comunismo desapareció. Los anticapitalistas heredaron todo el bagaje político y conceptual que hemos explicado: el rechazo al sometimiento económico, el rechazo a la colonialidad cultural y la defensa de la identidad del pueblo árabe agrupado en el seno de los no alineados frente a la dominación occidental. Pero se olvidaron de que muchas de esas ideas habían sido elaboradas para sustituir la dominación de los países capitalistas occidentales por un modelo alternativo de corte socialista, progresista y laico. Cuando los gobiernos revolucionarios tuvieron que renunciar a dicho proyecto y emprendieron su involución autoritaria, los anticapitalistas no quisieron ver que quienes se apropiaron de este discurso fueron movimientos con un carácter completamente distinto.

La extrema izquierda se olvida de que el discurso que emplean fue concebido desde una postura laicista además de marxista, mucho antes del auge actual del fundamentalismo islámico

El socialismo panárabe se oponía en teoría a todos los imperialismos. Paradójicamente, acabó siendo aliado de ambos: primero buscó el apoyo táctico de la URSS, y después intentó ser tolerado por EEUU a cambio de mantener la estabilidad regional y contener el islamismo. Con la desaparición de la Unión Soviética, su único aliado en momentos de tribulación sólo podía ser Occidente. Ya no podían jugar a dos bandas, como habían hecho durante la Guerra Fría. Sin embargo, los anticapitalistas occidentales conservaron su tradicional solidaridad con el pueblo árabe forjada en la época de la Guerra Fría, pero extendiendo sus simpatías a los movimientos islamistas que ahora luchaban en contra de las dictaduras aliadas tácitamente con Occidente, como pudo verse claramente en el estallido de la primavera árabe de 2010. De este modo el anticolonialismo se pervierte, y pasa de ser un instrumento  a favor del progreso a ser la justificación del integrismo religioso más reaccionario.

Lamentablemente, la izquierda anticapitalista no ha querido darse cuenta de esta mutación fundamental en el seno del mundo árabe, en el que las fuerzas anti-imperialistas han pasado de ser partidos socialistas y laicos a ser movimientos islamistas, religiosos y profundamente reaccionarios. Para justificarse recurren (no siempre con plena conciencia de ello) al argumentario desarrollado por Wallerstein, Fanon o Abdel-Malek, que en la versión banalizada que ellos suelen conocer, puede resumirse como sigue: no nos corresponde a nosotros juzgar a los islamistas según nuestros criterios europeos, porque es imponer nuestras categorías occidentales. Eso sería una forma de dominación cultural. Como hemos visto, esto es exactamente la excusa con la que la asociación Malayerba evitaba criticar al Islam.

Al mismo tiempo resulta que, como de acuerdo con las tesis de Hobson-Lenin el imperialismo es consecuencia directa del capitalismo, la conclusión está clara: la explotación y la opresión sólo pueden venir del capitalismo. Es decir, de Occidente. Nunca del Islam. Las tesis sobre la colonialidad empleadas fuera de contexto son pues la excusa perfecta para no juzgar al Islam y así centrarse en lo único que les importa: el modelo marxista de explotación. Tener que reconocer que hay otras formas de opresión sería un fastidio y un estorbo. La unidad táctica frente a su supuesto enemigo común es más fácil si se cuenta con una excusa para ignorar las contradicciones de los incómodos compañeros con los que se han encontrado tras su largo viaje histórico.

La izquierda socialdemócrata no está tan encadenada por este discurso ideológico, pero su temor a perder simpatías por su izquierda y su deseo de defender a toda costa un discurso de tolerancia multicultural la coarta a la hora de articular un discurso decididamente laicista, progresista y universalista en defensa de los Derechos Humanos. Sobre todo a raíz de los desmanes de la época Bush y de los excesos de la derecha israelí, también crecientemente fanatizada por el integrismo religioso. Un buen ejemplo de esta postura lo encontramos en este artículo de Slate que cuestionaba el empleo que los dibujantes de Charlie Hebdo hicieron de la libertad de expresión a la hora de caricaturizar a Mahoma. Afortunadamente ese tipo de opiniones encontraron su justa respuesta en este otro brillante artículo del periodista danés Flemming Rose: la sátira es la respuesta de una sociedad sana a la barbarie. Pero de forma sistemática y rotunda, sólo algunas voces sobresalientes como Christopher Hitchens o Bernard Kouchner (fundador de Médicos sin Fronteras) se posicionaron inequívocamente sobre el particular.

Por desgracia, la extrema izquierda se olvida de que el discurso que emplean fue concebido desde una postura laicista además de marxista, mucho antes del auge actual del fundamentalismo islámico. Se olvidan también de que el socialismo es hijo de la razón y la Ilustración europea, algo incompatible con la sinrazón religiosa. Anticapitalistas como Willy Toledo culpan sistemáticamente de todo a Occidente y cierran los ojos a los desmanes reaccionarios del Islam porque se han apropiado de un esquema conceptual elaborado en la Guerra Fría que se oponía al imperialismo mediante la defensa de los pueblos sometidos y las culturas subalternas, y ya sólo queda un gran imperialismo al que atacar: el americano. Y no se han querido dar cuenta de que sus compañeros de viaje ya no son esos héroes progresistas de la independencia, sino los muyahidines, los imanes y los ayatolás. La esquizofrenia de esa izquierda que critica el sometimiento a los valores religiosos cristianos en Europa al tiempo que se declara impotente para juzgar los crímenes de otros integrismos se debe a que siguen explicando las relaciones de dominación con el mismo bagaje conceptual de los años 60 y 70, sin querer percatarse de que el mundo ha cambiado y de que los árabes tienen que liberarse ahora no sólo de la dominación occidental, sino también de sus propias tradiciones reaccionarias.