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EL FANTASMA DE LAS ELECCIONES PASADAS

A pesar de una pequeña desaceleración económica, los demócratas deberían haber encarado las elecciones de 2000 seguros de sus posibilidades: un presidente popular en la Casa Blanca, cinco años de crecimiento robusto y un mundo esencialmente en paz parecían garantizar suficiente viento de popa.  Sin embargo, Al Gore empezó su campaña ligeramente por detrás de su oponente y, tras una campaña desangelada, los republicanos se las arreglaron para arrebatarles los mármoles del poder gracias a la ahora infame sentencia Bush vs. Gore del Tribunal Supremo. Aún no recuperados de esta frustrante derrota, la intelectualidad progresista americana y politólogos de toda clase se interesaron súbitamente por el resurgir de la derecha evangélica sureña que había impulsado la candidatura de George W. Bush, proponiendo algunas nuevas estrategias para tratar de atajar esta nueva marejada de conservadurismo social. Un nuevo conservadurismo que había permitido a Bush no sólo barrer en estados del sur que habían votado por Clinton dos veces, sino también ser reelegido en 2004 acumulando decisivos márgenes de votos en ciudades medianas y zonas rurales a lo largo y ancho de estados como Ohio o Iowa. Significativamente, también estuvo a punto de ganar en Wisconsin, Michigan o Pennsylvania, los estados que habrían de convertir a Trump en presidente en 2016.

Un rápido vistazo a esta literatura de la era Bush es reveladora de los viejas y profundas grietas en la coalición demócrata que habían de atormentar a Hillary Clinton y abrieron el camino a la presidencia de Donald Trump. En What’s the matter with Kansas (2004), Thomas Frank había arremetido en contra de los llamados “Nuevos Demócratas”, advertido que el giro desde cuestiones económicas a otras de índole sociocultural estaba alienando a la clase media blanca trabajadora, y urgido al partido a adoptar una nueva forma de populismo de izquierdas para recuperarlos. En esta nea, el autoproclamado liberal redneck (algo así como “progresista paleto”) Joe Bageant ofreció en su profundamente conmovedor bestseller Deer Hunting with Jesus (2007) una quizá poco sofisticada y anecdótica, aunque totalmente convincente, explicación sobre por qué la clase rural blanca y pobre ha abandonado a los demócratas en masa.

No obstante, fue la tesis explicada por John Judis y Ruy Teixeira en The emerging Democratic majority (2002) la que se impuso y, después de ser aparentemente reivindicada por la resonante victoria electoral de Barack Obama en 2008, asentó la estrategia básica del partido demócrata para los siguientes tres o cuatro ciclos electorales. De acuerdo con su argumento, los imparables cambios en la composición demográfica del país se supone que habían de darles la ventaja a los progresistas, ya que el creciente número de las minorías de color como proporción del electorado reforzaría al partido y más que compensaría sus pérdidas entre trabajadores blancos. Esta reconfortante visión sobre el destino demográfico del país afianzó la confianza demócrata y llevó a los dirigentes del partido a minimizar su renqueante apoyo entre los blancos, el gigantesco realineamiento electoral que alcanzó su punto crítico con el cambio de siglo, y la resultante nociva polarización política. Mientras los demócratas pudieran asegurarse una porción mayor del electorado (o aún mejor, una creciente tajada de la tarta demográfica), ¿por qué preocuparnos de cuestiones adicionales sobre gobernanza o cohesión social?

En su recientemente salido de la imprenta Sobre la tiranía (2017), Timothy Snyder reivindica el rol de los eventos del pasado como moraleja para encarar el futuro. Implacablemente, insiste en la idea de que la historia parece inequívoca desenmascarando a Donald Trump como un potencial aspirante a tirano y como una amenaza a la misma democracia americana. El libro esencialmente desarrolla la convicción de Snyder de que Trump es propicio a seguir el ejemplo de Hitler o Vladimir Putin a la hora de tomar el camino del autoritarismo. Aún así, el lector es empujado a actuar urgentemente en consecuencia como si el fenómeno Trump hubiera aparecido de un día para otro, materializándose de la nada. No se hace jamás mención alguna de los eventos precedentes. Una omisión que no sólo aparta puntos clave sobre las inmediatas causas históricas del fracaso de los demócratas a la hora de derrotar de forma decisiva a un despreciable, descarado y enloquecido populista como Donald Trump, sino que también esconde el ya firmemente establecido hecho de que la propia naturaleza de la democracia americana ha estado siempre dividida entre un liberalismo cosmopolita, ilustrado e inclusivo (representado por Judis y Teixeira), y la tradición populista, radical y republicana (en gran medida enraizada en la visión de Frank y Bageant). Es más, estos autores son sólo un ejemplo de un gran corpus de literatura que refleja este carácter dual que Snyder ni siquiera menciona. Tratándose de un libro de loa a las virtudes de la historia y habida cuenta todo el peso académico de Snyder, “Sobre la tiranía” da la impresión de ser pues una obra extrañamente ahistórica, en la que Trump parece simplemente un repentino e inexplicable regreso a los años treinta que, debido al deficiente (cuando no totalmente ausente) aparato bibliográfico, queda en gran medida sin explicación. ¿Y cómo vamos a luchar contra aquello que no entendemos?

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POPULISMO Y PARANOIA: EL LADO OSCURO DE LA TRADICIÓN JEFFERSONIANA

Todo esto no quiere decir que no haya nada encomiable en la obra de Snyder. Como historiador especializado en la Europa del siglo XX, Snyder hábilmente traza paralelos con ejemplos históricos para ilustrar lo que, sin duda, no es sino un muy necesario curso de democracia elemental. A través de veinte retazos de historia y filosofía política, el autor se las arregla para entretejer una guía de supervivencia básica. Sin embargo, aquellos que esperen un ensayo sesudo o un libro de historia del estilo de su muy aclamado Bloodlands (2010) pueden acabar sintiéndose decepcionados. Por supuesto, el espinazo de su obra es una dura defensa de la racionalidad individual como prerrequisito no sólo para la democracia, sino para la libertad y dignidad humanas. Una posición intrínsecamente unida a la denuncia de todas las doctrinas autoritarias y antiliberales como igualmente inhumanas que, en la pasada centuria, ha sido sobre todo encarnado en los trabajos de Victor Klemperer y Hannah Arendt.

Tanto Klemperer como Arendt describieron los procesos con los que los regímenes totalitarios buscan ejercer el poder absoluto mediante la paulatina destrucción de la capacidad humana para pensar. Esto se consigue principalmente a través de la gradual rarefacción del lenguaje (Klemperer) y de la vida política (Arendt). La más valiosa aportación de Snyder es quizá poner en relación ideas bastante abstractas como la “banalidad del mal” de Arendt con un plan de acción inmediata: piensa por ti mismo tanto como puedas, participa en la vida pública, desvívete siempre por encontrar la verdad, lee libros, rechaza el conformismo, y mantente prontamente vigilante y fiel a tus propios principios y ética profesional. Ante todo, no te dejes engañar por la retórica oficial y desconfía si una emergencia nacional o un estado de excepción son alguna vez proclamados.

Todo esto suena tranquilizadoramente jeffersoniano, pero el republicanismo jeffersoniano es una bestia de dos caras: por una parte, anima a una ciudadanía responsable a defender la libertad en contra de la incontenible sed de poder del gobierno; por otra, también inspiró a la gente que se pasó la mayor parte del 2010 acudiendo a las reuniones del Tea Party, protestando en contra de Obama y agitando carteles con la conocida cita de Thomas Jefferson: “el árbol de la libertad ha de ser refrescado de tanto en tanto con la sangre de los patriotas y los tiranos”. Exactamente la misma gente que de forma unánime votó por Donald Trump seis años más tarde. Para entender esta desconcertante paradoja puede que tengamos que echarle un vistazo a lo que Snyder ha dejado fuera de su libro.

Aunque útil para evitar que el cuerpo político se deslice hacia un peligroso y complaciente piloto automático que en verdad podría degradar la democracia bajo un irresponsable jefe de estado como Donald Trump, este mismo planteamiento político, que nutre el concepto de vita activa planteado por Hannah Arendt, es también fundamental para una faceta básicamente antiliberal de la esfera pública americana que Snyder ha decidido ignorar totalmente: lo que Richard Hofstadter llamó “el estilo paranoico de la política americana”. En su famoso ensayo de 1963, Hofstadter argumentó cómo la extrema derecha americana no era un simple injerto del fascismo europeo (la única afirmación que Snyder se refrena de explícitamente hacer sobre Donald Trump), sino más bien un producto secundario de la propia historia americana. Pacientemente, describió asimismo los principales rasgos de la interpretación paranoide de la historia: primero, un urgente miedo a una catástrofe inminente, causada por alguna vasta conspiración gestada en los niveles superiores del gobierno. En segundo lugar, una completa vilificación del enemigo, con el cual no posible transacción o compromiso puede ser alcanzado. Y finalmente, un detallado proceso de racionalización que implica la acumulación de enormes cantidades de información (normalmente circunstancial, cuando no directamente inventada) y factoides, siempre ocultando que en algún punto en la lógica del razonamiento se realiza un retórico “pase de manos” o razonamiento dudoso.

Hofstadter procede luego a dibujar la larga historia de esta actitud políticamente paranoica, que resulta comprender la entera existencia de la república. El siglo XIX presenció el apogeo y caída de los movimientos antimasónico y anticatólico. La introducción del impuesto sobre la renta en 1913 fue recibida con las denuncias de que se trataba de la “raíz de todo mal”. Y, por supuesto, el inicio de la Guerra Fría coincidió con el Macartismo, el movimiento en contra de la fluorización de las aguas municipales (un antecedente del moderno movimiento antivacunas), y las absurdas afirmaciones tachando al presidente Eisenhower como “un dedicado, consciente agente de la conspiración comunista”. Y esta corriente conspiranoica sigue viva y en plena forma. El libro de Pat Roberson The New World Order (1991), por ejemplo, precedió el movimiento de milicias ultraderechistas de los años 90 que llevó al trágico atentado bomba de Timothy McVeigh en el edificio federal de Oklahoma City de 1995.

Tras permanecer en hibernación por unos pocos años, la paranoia de extrema derecha floreció durante la era Obama: Dick Morris, un amargado antiguo consejero de Bill Clinton, escribió una serie interminable de títulos con ecos paranoides tales como Revolt! How to defeat Obama and repeal his socialist programs (2011), Here come the Black Helicopters (2012), o Power Grab: Obama’s dangerous plan for a one-party nation (2014). El antiguo presidente de la Cámara de Representantes Newt Gingrich tampoco se cortó un pelo a la hora de manifestar su sentir hacia la administración Obama en su To save America: stopping Obama’s secular-socialist machine (2010). Y no nos olvidemos de uno de los títulos más directos de la lista: la aportación de Ann Coulter, Demonic: How the liberal mob is endangering America (2011). Desde luego, ninguno de estos autores puede compararse con la seriedad investigadora, profundo conocimiento de las fuentes y el prestigio académico de Snyder, pero son la moderna encarnación de una tradición tan americana como la tarta de manzana que, de forma bastante incomprensible, decidió ignorar por completo: la caracterización del presidente como un aspirante a monarca, ansioso por aplastar a sus enemigos y vaciar de cometido a las instituciones más esenciales. Una tradición que puede remontarse a la brutal campaña presidencial de 1800 entre Thomas Jefferson y John Adams. Hasta la investigación sobre la relación de Trump con Rusia recuerda a las acusaciones de francofilia lanzadas entonces en contra del partido jeffersoniano.

Probablemente influenciada por la definición de la esfera pública y las ideas sobre el rol de la biografía personal en la vida política propuestos por Hannah Arendt, la receta de Snyder para evitar este inconveniente subproducto de la política jeffersoniana no es demasiado sorprendente: participación personal, cara a cara. Evitar internet en la medida de lo posible. Conocer a gente en persona.1 Snyder es inequívoco en su juicio: la postverdad es prefascismo, y el hedor de los hoaxes, mentiras y fake news viene sobre todo de las redes sociales y deshonestos medios propagandísticos. Sin embargo, a juzgar por el destacable y ambicioso análisis del Tea Party acometido por Theda Skocpol y Vanesa Williamson en The Tea Party and the remaking of Republican conservatism (2011), sería un error lamentable despreciar esta ola de conservadurismo moderno como una mera extensión de weblogs de la derecha radical alternativa (alt-right), canales de youtube y talk shows radiofónicos.

Lo que Skocpol y Williamson encontraron haciendo su trabajo de campo no fue una desordenada banda de lunáticos, sino un movimiento social bastante vibrante y racionalmente organizado que disfrutaba de su buena dosis de sana interacción personal a nivel comunitario y honestamente se concebía a sí mismo como un ingrediente esencial de la auténtica democracia. Un grupo que, de todo corazón, creía que el movimiento era de la más crucial importancia para proteger y defender las libertades constitucionales en un auténtico sentido jeffersoniano. Es más, la coalición reaccionaria que barrió en las elecciones de medio mandato de 2010 fue el primer  signo de un creciente acercamiento entre el conservadurismo oficial, de corte evangélico y cercano al llamado “establishment” del partido republicano, y una nueva ola de populismo anti-establishment. Probablemente no es ninguna coincidencia que esta taxonomía del movimiento del Tea Party, tan urgentemente descrita por Skocpol y Williamson en 2010, refleje en términos generales la estructura interna del conservadurismo que académicos como Clinton Rossiter o Rusell A. Kirk habían ya apuntado en los años 50. En otras palabras, la coalición que eligió a Trump no era de ningún modo ajena a la tradición americana, y Timothy Snyder no podría haber deseado una ciudadanía más responsable, comprometida y alerta. Una ciudadanía firmemente enraizada en la tradición conservadora americana. Y aún así, todos ellos arrimaron el hombro para la elección de no menos que Donald Trump a la Casa Blanca.2

Sería igualmente equivocado asumir que las actitudes más absurdas, populistas y paranoides son solamente reaccionarias o patrimonio exclusivo de la extrema derecha. Sólo hace unos pocos años, los estrechísimos márgenes por las que se decidieron las elecciones presidenciales de 2000 y 2004 en Florida y Ohio conllevaron inevitablemente acusaciones de fraude electoral. En su excelente Nixon’s shadow. The history of an image (2004), David Greenberg también nos recuerda cómo la omnipresente y asfixiante atmósfera conspiranoica que aquejó las presidencias de Johnson y Nixon precedió largamente la revelación de los papeles del Pentágono por Daniel Ellsberg o el escándalo del Watergate.  Hacia mediados de los 70, se rumoreaba ampliamente en la prensa alternativa de izquierdas que Nixon estaba organizando agentes de incógnito para instigar un “fuego del Reichstag americano” para así poder decretar una emergencia nacional, cancelar las elecciones de 1972 y finalmente abolir la declaración de derechos.3 Los radicales mantuvieron desde los mismos inicios de la presidencia de Richard Nixon que su programa de “ley y orden” delataba sus tendencias autoritarias, y no dudaron en comparar al gobierno de los EEUU con el Tercer Reich. Nixon, por supuesto, era regularmente caricaturizado como un Hitler contemporáneo. Incluso medios más venerables como The Nation o el New York Times finalmente se rindieron a esta suerte de Zeitgeist conspiranoico y publicaron artículos advirtiendo a los lectores sobre “una dictadura presidencial”, al tiempo que explicaban cómo Nixon se estaba convirtiendo en un “soberano americano”, cuya expulsión era imperativa para la supervivencia de la república. Cuando las fechorías del presidente parecieron confirmar estos miedos, el fantasmagórico runrún sobre un posible golpe de estado militar que permitiría a Nixon suspender la constitución y permanecer en el poder no sólo encontraron su lugar en las reflexiones de respetados columnistas, sino que también parecieron ganar credibilidad entre algunos miembros del ejecutivo. Es innegable que Nixon fue un político resentido, oportunista y divisivo que se aprovechó de los peores instintos y miedos de la gente, pero por muy irresponsable e impropio que fuera su encubrimiento del caso Watergate, quizá debamos insistir en que, en retrospectiva, estas afirmaciones sobre sus instintos dictatoriales suenan tan exageradas, inmerecidas e innecesariamente abrasivas como las acusaciones lanzadas contra John Adams en 1800. La obligación del historiador es recordar la historia. Toda la historia. También esta historia.

El populismo y la paranoia son pues genuinos y hasta legítimos elementos fijos de la vida política americana, y pueden ser encontrados a lo largo de la historia y extendiéndose a lo largo del espectro ideológico. Hay, por supuesto, una significativa superposición y retroalimentación entre ellos. En su influyente y ampliamente leída The Populist Persuasion (1995), Michael Kazin trazó una completa genealogía del movimiento populista en los EEUU. Su explicación abarca desde la revuelta de los granjeros y el movimiento de la plata libre de finales del siglo XIX4 al resurgir de la nueva izquierda en los años 60 y el movimiento antiglobalización de los 90. Más recientemente, Douglas S. Schoen ha expandido la obra de Kazin para argumentar cómo Richard Nixon fue de hecho instrumental a la hora de capturar este movimiento populista y canalizar su energía hacia objetivos conservadores, preparando de este modo el terreno para la subsiguiente revolución de Reagan.5

Además, profundos cambios demográficos de larga duración también tuvieron una profunda influencia en el resurgir del movimiento conservador de base. Como Lisa McGirr apuntó en Suburban Warriors: the origins of the New American Right (2001), las nuevas cohortes de clase media alta que ocuparon los enclaves suburbanos a lo largo del llamado Sunbelt estadounidense sembraron las semillas del futuro conservadurismo republicano y de libre mercado que tuvo en Jack Kemp, Pat Buchanan o William F.  Buckley sus grandes abanderados. Ellos fueron el semillero del reaganismo en los años 60, del mismo modo que el Tea Party aró la tierra del trumpismo cinco décadas más tarde. Una vez más, tenemos innumerables evidencias de que Trump no es el aspirante a fascista que nos presenta Timothy Snyder, sino probablemente el más transparente, desvergonzadamente genuino y bien acabado producto de la tradición antiliberal americana desde Andrew Jackson.

SOBREVIVIENDO A TRUMP: ALGUNOS CONSEJOS PRÁCTICOS PARA PROGRESISTAS DE LUTO

No podemos negar que Trump es probablemente uno de los presidentes más peligrosos en la historia de los Estados Unidos. Su ignorancia, su brutal y megalomaníaca imprudencia y su egocéntrica, obsesiva, manía persecutoria no conocen parangón. Probablemente Snyder hace bien al tratar de advertirnos sobre ello. No obstante, lo hace por los motivos y con los argumentos equivocados. La primera lección que deberíamos aprender del mencionado libro de Greenberg es que la paranoia de Nixon y la izquierda no sólo se retroalimentaron, sino que resultaron igualmente lesivas para la democracia. La secunda lección es que no estamos enfrentándonos con un enemigo externo, sino con nuestras propias contradicciones innatas. Es verdad que Trump quedó segundo en 2016, pero consiguió 63 millones de votos que le convirtieron en el candidato republicano más votado de la historia. Relacionarlo con amenazas aparentemente externas a la experiencia americana no parece la mejor manera de involucrar a sus seguidores en una muy necesaria conversación y entender sus motivos. El mayor peligro a la democracia no viene de los instintos tiránicos del individuo, sino del proceso de deshumanización que tiene lugar cuando dejamos de hablar entre nosotros.

Esta es la razón por la que recomendando un título como The plot against America de Phillip Roth e ignorando a la vez toda esta tradición americana antiliberal, Snyder prepara una mezcla quizá demasiado explosiva, propicia a inflamar los peores instintos entre su audiencia progresista y ayudando poco a la causa de la protección de la democracia. Quizá deberíamos preguntarnos si el movimiento de la “resistencia” en contra de Trump puede estar favoreciendo un imparable ciclo de polarización, así indefinidamente retroalimentado. Una infernal máquina polarizadora que han puesto en marcha no Trump algunas turbias élites fascistoides, sino una genuina, profundamente arraigada tradición antiliberal “100% americana”. La única forma de entorpecer el funcionamiento de su maquinaria puede parecer desalentadora: bajar el tono de nuestras indignadas consignas, evitar sobreactuaciones y escuchar. Sin embargo, es entendible que muchos dedicados progresistas podrían objetar que esto equivale simplemente a sacar la bandera blanca. ¿Cómo es posible combatir esta polarización sin abrir todavía más este abismo político?

Michelle Obama tuvo la única respuesta razonable a esta especie de paradoja a lo catch-22: “when they go low, we go high” (algo así como “cuando ellos se rebajan, nosotros nos elevamos”). La paranoia debe ser enfrentada con cordura. El fanatismo se combate con abierto y sincero debate. Nunca asumas que tus principios, creencias e ideas son evidentes en sí mismos y no necesitan de mayor explicación. Duda de todo pero, sobre todo, ponte en duda a ti mismo. Nunca des por imposibles a tus oponentes, y aún menos a un segmento entero de la población. Mantén tu mente abierta. Escucha. Y, sobre todo, nunca te dejes arrastrar al juego de a ver quién grita más. No asumas jamás que las completas mentiras, distorsiones y acciones absurdas de Trump justifican por un momento una respuesta igualmente indigna. La razón de ser de la democracia no es tener razón, sino ser justo. Tanto los demócratas radicales como los más mainstream son culpables de estas faltas, algo que probablemente les costó las presidenciales de 2016.6 Lucha por tus principios, pero si las cosas no salen como quieres, no desesperes. La política es cíclica y, a largo plazo, no hay ganadores o perdedores en la historia; lo único que existe es un tejido continuo, entretejido con patrones regulares de cambio y continuidad intercalados. Y recuerda la famosa cita de Mark Twain: la historia no se repite, pero rima. Ve y encuentra un buen verso.

  1. Bien puedo equivocarme, pero la fe de Snyder en el modelo político jeffersoniano parece delatar una profunda influencia de La condición humana (1958) de Hannah Arendt. Por otra parte, su asunción de que tanto nazismo como comunismo durante los años 30 y 40 comparten una fundamental sintonía en su rechazo del liberalismo es una tesis clásicamente explicada por Brzezinsky y Friedman en su Totalitatian Dictatorship and Autocracy (1956). Generalmente tildada como una posición neoliberal por sus críticos revisionistas, en la obra los autores famosamente describieron las seis principales características de la dictadura totalitaria; seis rasgos que parecen ocupar buena parte de la mente de Snyder.
  2. A pesar de todas las especulaciones sobre transferencia de voto, quizá merezca la pena recordar que las elecciones de 2016 fueron esencialmente un evento partidista. De acuerdo con las encuestas a pie de urna, el 90% de los registrados como republicanos y el 89% de los demócratas votaron por el candidato de su partido.
  3. Esta historia sobre la cancelación de las elecciones de 1972 estaba bastante extendida, y de acuerdo con Greenberg apareció por primera vez el 5 de abril de 1970 en el Portland Oregonian, siendo rápidamente recogida por publicaciones alternativas como Los Angeles Free Press y el Scanlan’s Montly.  The Nation, e incluso la prensa diaria, acabarían haciéndose eco poco después. El antiguo consejero legal de la Casa Blanca John Dean daría posteriormente más pábulo a estas maquinaciones con su revelación en Blind Ambition (1976) de que la administración Nixon intentó fallidamente implementar un plan de vigilancia masiva (el así llamado “plan Houston”) para enfrentarse con movimientos pacifistas de extrema izquierda. Por supuesto, inferir de aquí que Nixon pretendía convertir los Estados Unidos en un completamente desarrollado estado autoritario es exactamente el tipo de razonamiento dudoso que habitualmente encontramos en el estilo paranoico definido por Hofstadter.
  4. Vale la pena apuntar que estos asuntos, ahora largamente olvidados, dieron cuerpo a la política americana durante unos cincuenta años e impulsaron las tres fallidas candidaturas de William J. Bryan a la presidencia que, a su vez, anticiparon las bastante paranoicas diatribas del padre Coughlin en contra de “la monstruosa podredumbre del moderno capitalismo” durante los años 30. Sólo un duro recordatorio de cómo los asuntos concretos que más nos ocupan tienden a perderse en el olvido, mientras que son los esquemas básicos del pensamiento político lo que en cambio puede permanecer durante siglos.
  5. En American Maelstrom: 1968 and the politics of division (2016), Schoen ofrece la más completa narración hasta la fecha de las elecciones de 1968, que él considera un momento fundamental para la emergencia de la “mayoría silenciosa” que retornó la política conservadora al mainstream de la esfera pública americana. Sin embargo, es en The Nixon Effect. How Richard Nixon’s presidency fundamentally changed American politics (2016) donde describió una convincente y completa teoría sobre cómo la derecha ha dominado el centro político estadounidense. Voy a abstenerme de citar The Second Coming, el famoso poema de Yeats. A estas alturas, es demasiado cliché.
  6. No voy a permitirme caer en el reconfortante lugar común de “nunca subestimes la inteligencia de los votantes”, ya que la formación de preferencias del electorado es un proceso complejo. En lugar de eso, diría “nunca subestimes la importancia de una conversación educada y civilizada”, ya que el debate intelectual desde luego conforma el clima general, aunque en el largo (a veces en el muy largo) plazo. No obstante, deberíamos acordarnos de la influencia de productos pedagógicos como Libertad para elegir (1979) de Milton y Rose Friedman o de la influencia de los 1500 episodios de Firing Line, el programa de debate y entrevistas que presentó William F. Buckley durante tres décadas, para hacer calar en la opinión pública estadounidense argumentos conservadores y pro-mercado.
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Dion Baillargeon
Felanitxer a Madrid. Llicenciat en història per la Universitat Autònoma de Madrid. En sap de tot.